Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como relatos

Ecos del vacío

La oscuridad del espacio se extendía infinita y desoladora, como un océano sin orillas. En medio de esta vastedad, una nave pequeña y solitaria, la Eos II, flotaba a la deriva, perdida en el abismo estelar. Dentro de la nave, Amelia, la última tripulante consciente, luchaba contra la soledad, la incertidumbre y los recuerdos que la asediaban. Los paneles de control parpadeaban intermitentemente, reflejando su tenue luz en el casco de la nave. Amelia, con los ojos cansados y el cuerpo agotado, miraba la pantalla principal, donde las estrellas pasaban como destellos lejanos. La última transmisión desde la Tierra había sido un caos de gritos y estática, una cacofonía de desesperación mientras la humanidad se desmoronaba. Habían lanzado las cápsulas en un intento desesperado de salvar a los últimos seres humanos del planeta moribundo. La Eos II era una de esas cápsulas, destinada a encontrar un nuevo hogar entre las estrellas. Sin embargo, algo había salido terriblemente mal. El sistema de...

El susurro del pueblo abandonado

En las colinas olvidadas del noroeste, más allá de los bosques espesos y los ríos serpenteantes, se encontraba el pueblo abandonado de Ravenscroft. Durante décadas, había permanecido vacío, sus edificios desmoronados y sus calles cubiertas de maleza. Los pocos que se atrevían a acercarse hablaban de una brisa que parecía susurrar secretos antiguos y oscuros. La historia de Ravenscroft era un enigma. Los archivos locales mencionaban que, en algún momento, fue un próspero asentamiento minero. Sin embargo, un día, sin previo aviso, todos sus habitantes desaparecieron. No hubo rastro de lucha ni signos de desastre. Simplemente, el pueblo quedó desierto, dejando atrás una estela de preguntas sin respuesta. Una noche de luna llena, Amelia, una joven periodista, decidió investigar los misterios de Ravenscroft. Armada con una linterna, una cámara y una determinación férrea, se adentró en el pueblo, siguiendo los senderos cubiertos de hiedra y esquivando las sombras que se extendían como dedos ...

Tesoros verdes: El jardín de la señora Amelia

 En el tranquilo vecindario de Maplewood, vivía la señora Amelia, una mujer de cabello plateado y sonrisa amable que tenía un amor inquebrantable por las plantas. Desde que era joven, había cultivado un pequeño paraíso verde en su hogar, convirtiendo cada rincón en un oasis de vida y color. La casa de la señora Amelia era un verdadero santuario botánico. Desde el momento en que entrabas por la puerta, eras recibido por una explosión de verdor y fragancias naturales. En el recibidor, un helecho colgante se mecía suavemente, mientras que en la ventana, una colección de suculentas brillaba bajo la luz del sol. Cada planta en la casa de la señora Amelia tenía su historia. Había adquirido algunas en viajes lejanos, otras las había recibido como regalo de amigos y familiares, y algunas más las había cultivado desde semillas con amor y paciencia. Para ella, cada una era como un hijo al que cuidar y mimar. Pero la verdadera joya de su jardín era su invernadero, un espacio mágico donde las ...

Como vivir congelada

Sentirse sola, como vivir congelada en medio de la gente, era para Isabella un invierno perpetuo en el que las palabras de los demás eran ráfagas heladas y los rostros a su alrededor eran copos de nieve que se desvanecían antes de poder tocarse. Cada día, caminaba entre las multitudes como una sombra que se desliza por un paisaje nevado, donde la blancura de la indiferencia envolvía su mundo. Sus días eran un eterno amanecer gris, donde las risas ajenas resonaban como ecos distantes y las conversaciones se desvanecían en el viento helado de la soledad. Isabella se sumía en la paradoja de sentirse rodeada y, al mismo tiempo, aislada, como si el frío de su propia tristeza creara una barrera infranqueable. Las conversaciones eran como ventiscas que pasaban por su lado, llevándose consigo cualquier intento de conexión. Aunque compartía el mismo espacio con aquellos que se llamaban amigos, la brecha entre ellos se ensanchaba como un abismo glacial. Los abrazos eran como caricias de hielo, y...

Relato del gato tardío

Y a veces aquel gato volvía de entre las sombras, se postraba en el muro y me miraba desde lo alto. Sus gestos eran pausados y una mirada penetrante que sólo pestañeaba en días de lluvia. No desaparecía en las noches más frías, ni en el níveo hielo. Incansable felino de ojos cálidos y mirada fría. Inmóvil; acechado por el interés del más mínimo movimiento, respiraba con el movimiento más lento, sutil y relajante que hubiera visto. Siempre me cansaba antes que él y cuando volvía ya no estaba. Hasta el día siguiente.  En las noches más enigmáticas, cuando la oscuridad se adueñaba de las calles y la luna tejía su manto plateado sobre los tejados, aquel gato regresaba. Aparecía silenciosamente, como una sombra que emergía de entre las grietas del universo, y se posaba en el muro con la solemnidad de un guardián de secretos. Sus ojos, dos faros encendidos en la penumbra, se encontraban con los míos en un intercambio silente de complicidad. Cada vez que lo miraba, sentía que sus...

Sueño recurrente

En las profundidades de la noche, Ana se sumergía en un sueño recurrente que la arrastraba a un rincón de su mente que desafiaba la lógica y abrazaba la oscuridad con la misma intensidad con la que buscaba la luz. Este sueño, como una danza entre luces y sombras, la sumía en un laberinto onírico donde los límites se disolvían y las emociones fluían como ríos de éter oscuro. Cada noche, Ana se encontraba de pie al borde de un abismo, mirando hacia la oscuridad que se extendía ante ella. Luces parpadeantes emergían desde las profundidades, como estrellas titilantes en la vastedad de lo desconocido. En su sueño, Ana sabía que esas luces eran las representaciones de sus miedos, anhelos y secretos más oscuros, y debía enfrentarlos para descubrir la verdad que yacía en el abismo de su alma. A medida que caminaba por el borde, las luces y sombras se entrelazaban en una danza hipnótica. La penumbra parecía acariciar su piel con susurros fríos, mientras las luces destellaban con promesas y reve...

El mundo de las hadas

Hace tiempo, mucho tiempo, en el cuarto reino de las hadas donde habita toda clase de ser extraño, de los cuales no abras escuchado hablar, ni podrías imaginar. Hace siglos, en el golfo de los antílopes donde ocurrió un romance entre un hada del viento y entre una hada del cielo, entre Darku y Atlanta, se interponían dos reinos que aunque pueden parecer parecidos son muy diferentes, pero el amor entre ellos es mucho más fuerte que cualquier barrera, cualquier persona o cualquier mundo. Todo empezó en el entérico mundo de las hadas. Un día oscuro y frió en el cual se podía contemplar el cielo de un color azul pálido y con las manos podíamos acariciar el viento que con sus frías brisas no dejaban de tambalear los árboles que cautivadoramente se escondían entre sus mismas ramas, los pegasos volaban despavoridos por el viento, y los unicornios corrían apresuradamente por la lluvia. Os hablo de la cuarta dimensión en la cual no se distingue lo real de lo irreal, lo grande de lo pequ...

Non est reversus

En la oscura quietud de la noche, donde las sombras danzan en un vals siniestro, se despliega la narrativa de un alma que vagaba entre el éter y la desesperación. La historia se tejía en el hilo del misterio, en un lugar donde los susurros de lo desconocido resonaban con la inquietante melodía de lo etéreo. "Non est reversus", susurra el viento entre los árboles centenarios, una sentencia que flota en el aire como un eco del más allá. Era la historia de un alma que había cruzado el umbral de lo tangible y había dejado atrás la luz de este mundo para adentrarse en la penumbra de lo desconocido. En la pequeña aldea de Eldoria, se contaban historias de la mansión en la colina, donde los susurros del viento adquirían forma y se convertían en sombras que caminaban entre las paredes de piedra. La mansión, conocida como "Umbravilla", llevaba siglos siendo testigo de secretos oscuros y despedidas que resonaban en la eternidad. La leyenda narraba que un hombre, Thaddeus Blac...

El miedo que silenció los sueños

Y el miedo te detuvo. Y te comió el corazón. Y te hizo cerrar los ojos a lo que querías ver y los besos a lo que querías besar. Y así, en cada segundo que pasó desde entonces, te dejaste morir un poco más. Y llenaste tu vida de cosas plateadas y palabras huecas para distraerte de lo importante. Y así quedó tu deseo, pequeñito, escondido detrás de tu oreja, donde nadie podía verlo. Y nadie lo vio nunca. Ni siquiera tú cuando llegó el último día y la piel reseca y los ojos cansados no te dejaron volver a intentarlo" Y el miedo te detuvo. Fue como una sombra que se cernía sobre ti, una oscuridad que paralizaba tus pasos y apretaba tu corazón con garras heladas. En lugar de enfrentarlo, permitiste que se apoderara de ti, que se convirtiera en el dueño de tus pensamientos y emociones. Y te comió el corazón. Cada latido era una lucha contra la ansiedad que se agolpaba en tu pecho. Te aferraste al temor como si fuera la única realidad que conocías, y poco a poco, tu alma se fue marc...

El viaje de las casualidades

Dime dónde vas qué te acompaño, que se está haciendo largo este tiempo indefinido. Casualidad preferida. Consecuencias de haber sido mi accidente preferido. Volveremos a llenar este  vacío. "Dime dónde vas, qué te acompaño", susurré al viento, mientras miraba la carretera desplegándose ante mí como un río interminable. Las millas se extendían, pero mi compañía deseaba llegar hasta el fin de esa travesía incierta. Había algo en la incertidumbre de este viaje que me atraía, como si estuviera destinado a explorar lo desconocido. "Que se está haciendo largo este tiempo indefinido", reflexioné en voz alta, sintiendo cómo las palabras resonaban en el interior de mi coche. La vida parecía haber perdido sus límites, como si el reloj se hubiera vuelto loco y el calendario se hubiera desmoronado en pedazos. Pero en medio de esa indefinición, encontraba una especie de belleza. La casualidad se había convertido en mi compañera de ruta, y estaba dispuesto a abrazarla. "Casu...

La danza de la ciudad y la naturaleza

Los edificios a veces parecen que abran paso a los árboles y otras veces parece que los cierren. En el ajetreo de la ciudad moderna, la lucha constante entre la naturaleza y la urbanización se manifiesta de maneras sorprendentes. Los rascacielos de cristal y acero, con sus líneas afiladas y su imponencia, a menudo se elevan como murallas, como si intentaran encerrar la belleza de la naturaleza en un confinado jardín de cemento. Pero en otros momentos, es como si los edificios fueran simplemente marcos para la majestuosidad de los árboles que se alzan valientes entre ellos. Los balcones y las ventanas se convierten en miradores hacia un mundo verde y sereno que se niega a ser sofocado por la selva de concreto que lo rodea. En medio de esta dualidad, la ciudad se convierte en un escenario de contradicciones. En algunos lugares, la armonía entre lo construido por el hombre y lo creado por la naturaleza es evidente. Parques urbanos, terrazas verdes y jardines suspendidos ofrecen oasis de v...

Las risas y dudas de la poesía

Se reía de una supuesta poesía que no sabía si existía o era otra vez más una fantasía. La vida misma a menudo parecía una danza caprichosa entre lo real y lo imaginario. Cuestionaba si la poesía era la forma en que el alma se comunicaba en sus momentos más profundos o simplemente una ilusión que tejía en su mente. Imaginaria o no, decidió dudar, como siempre. La duda era su compañera constante, su manera de explorar los misterios que la vida le ofrecía. Cuestionaba cada palabra, cada emoción, como si estuviera desentrañando un enigma infinito. Pero no sin antes desear que fuera verdad. A pesar de sus cuestionamientos, anhelaba que la poesía fuera real, que fuera la esencia misma de la vida, la chispa que iluminaba sus días. Y aún pudiendo cumplirla, sabía que cada palabra, cada verso, era una expresión de su búsqueda interminable de significado. La poesía no era solo un medio para comunicarse con el mundo, sino también consigo misma. Cada verso que escribía era un paso más en el camin...

El rincón de lo inexpresable

A veces desaparecía y viajaba a un lugar donde parte de mí jamás regresaba, quizá porque no era mío. Era un rincón del alma al que solo podía acceder en esos momentos de introspección profunda, cuando me sumía en el abismo de mis pensamientos.  Lugar sin guías aparentes, sin medidas ni alturas. Lugar de dudas. Era un espacio suspendido en el tiempo y el espacio, donde las certezas se volvían nebulosas y las incertidumbres se multiplicaban.  Conectar con un silencio que quizá durara por siempre y que nadie entendiera. En ese lugar, el silencio era un compañero constante, un silencio que parecía ser la voz de lo inexpresable, un lenguaje que solo yo podía comprender. Donde el dolor no sabes si existe, o si te reconoce, pero se muestra del mismo color que todo. El dolor, si es que existía allí, se mimetizaba con el entorno, se convertía en parte de la misma tela de la realidad, y era difícil discernirlo de la paz que también habitaba en ese lugar. No sabría explicar, categorizar,...

Muñeira manchega

Era una muñeira que sonaba diferente, soñando con hogueras, San Juan y calor. Era un sonido manchego con percusión del Norte. Creo que sé lo que hacer, no hay prisas para despedidas. Dime qué puedo hacer, dime qué voy a hacer. Había tu coca en San Juan y planes de carretera. Con tu perfil, sin soledad. Sonidos antiguos, sonidos nuevos. Dime, tal vez, dime. Muñeira que sonaba a ti. Con paredes blancas inmaculadas, calles estrechas, plazas y fuentes donde los abuelos entregan caramelos a sus nietos. Uvas, melones, olivos, cañas y un horizonte seco y limpio. Era la noche más corta, dicen. Fue una de tus noches, recordar a la gata firme, el carro de polizón a la feria, el caballo Dorado, a ti. Figura de porcelana que preside el cerro con final triste, con historia de fuerza. Allí se escucha esa muñeira manchega. ¿Ahora puedes ver diferente? ¿Recordar y soñar? Espero que si, crearé por ti. Había un verso en todo ello. Uno que se levantaba tras la guerra y la humildad. Cosechado en la t...

Al lugar

Allí la soledad no pesaba, era horizonte. Se había convertido en mi momento favorito del día. Silencio fuera de edificios, solo sus luces encarceladas por los árboles y el respirar de los coches tapiado por las hojas movidas por el viento. La oscuridad, la quietud del momento abrazado por las nubes grises y ese cielo oscuro estrellado te llevaba a aquel otro lugar.

Aquella noche

Ese ruido de cancela metálica que bailaba con el viento era el único sonido humano, por así decirlo. Otro tintineo de ventanas a veces te hacía recordar que no bailabas también con él. Pero el canto de esos árboles en esa noche seguían pareciendo de otro mundo.  Hacía que tú respiración fuera al mismo ritmo que la suya. Todo lo demás estaba en completo silencio, eras tú, los árboles y el viento viajando a través del espacio. No podías pensar en nada más que lo que pensabas que también pensarían esos árboles. Erais un conjunto, eras parte de ellos, aceptabas al viento como acompañante y a la noche como compañía. Silencio, paz, quietud. Y tú respiración no podía ir a otro ritmo que no fuera ese. Podías perderte en ello.

Poder y volver

A veces desaparecía y viajaba a un lugar donde parte de mi jamás regresaba, quizá porque no era mío.  Lugar sin guías aparentes, sin medidas ni alturas. Lugar de dudas. Conectar con un silencio que quizá dure por siempre y que nadie lo entienda. Donde el dolor no sabes si existe, o si te reconoce, pero se muestra del mismo color que todo. No sabría explicar, categorizar, atrapar o recluir algo más del lugar. Pero permanece ahí. Atento y apacible. Recostado, si aspiras con intensidad intentando recobrar un eco de respuesta obtendrás un olor irreconocible y lento. Te hará creer que sabes qué es y te mantendrá en sosiego hasta la desesperación. Volver o no puede depender de ti o parecerlo.  Agarrar lo que no quieras dejar y lo que olvides que llevas. Puede sacudirte y mecerte al mismísimo tiempo. Puede. Intenta recobrar los sentidos, recuerda cómo fluyen y como quieres volver. Vuelve.

Esa es la sensación

Puede que pasara un año, puede que decidiera parar en seco. Ese tiempo totalmente sin nada seguía pareciendo corto, pareciendo el principio. Tiempo corto para lo que ya no tendría, largo para pensar en ello. Sin más... una parte le pedía seguir así, con condiciones, y sola.  Tenía una premisa muy clara y algo en la cabeza. Algo seguramente imposible.. imperceptible y un error. No podía evitar que eso mismo fuera lo que la mantenía latiendo más allá del viento. Aunque nunca hubiera empezado, no volverá. Se lamenta y se disfraza perdiendo el control de la peor de las maneras. A la vez el orden y la soledad le dice cuando volverá. Pero no concreta.  Sin saber hacia dónde va, se acuerda de todo, lo que pasó, lo que pudo y lo que podría pasar. Se acuerda de ella, y de ti. Se acuerda de él, de no volver y de salir por esa puerta. Se lamenta en las palabras que no se dirán y se ríe de las que se dijeron. No volverá a ella. Nada ha empezado, esa es la sensación. Se la...

Unilateralmente

En la soledad más perezosa, no encontró lagrimas esa noche,  aunque no encontró, no lo encontró. Pero si pensó en que esa soledad, esa falta de abrazo apasionado, de dónde nacían los besos ya formaba parte de su realidad. Que destrozada o no formaba parte de ella, le asustaba no saber por cuanto se quedaría, sobre todo desde hace meses que era cuando más la odiaba.. pero allí estaba ella, esta vez no se reía ¿tal vez por no verla llorar? o tal vez, porque hasta la soledad se compadecía. Si, parte de ella intentaba aferrarse a lo que seguía deseando, pero otra parte se curtía en el más absoluta de las dolorosas dudas. Porque hasta eso era menos doloroso que la posible y visceral verdad. Su amor por él seguía tan innegable como el jodido primer día que lo negó, como lo unilateral que sería.

No lograba ver

A veces sentía que no podía más, le invadía un sentimiento de soledad, de vacío y de desesperación del que no conseguía escapar. Cada vez, desde aquel día, ese sentimiento la atrapaba más y más a menudo. El único motivo que podía atarla un poco lo estaban borrando y no imaginaba encontrar uno nuevo, o no quería. Sentimientos encontrados y corazón roto que la apagaban a cada llanto, cada vez más desesperante, más cansado y menos optimista. Palabras, silencios y pensamientos que se le clavaban. Aún cuando intentaba ver más allá, no lograba ver nada para ella.